El turismo y la felicidad

 

Por: María Claudia Lacouture, directora ejecutiva de la Cámara de Comercio Colombo Americana- AmCham Colombia 

 

Nuestra vida está dominada por la búsqueda de la felicidad, y pocas actividades son tan reveladoras como el turismo para lograr espacios que lo permitan. Lo confirman los recuerdos: las vacaciones infantiles con la familia, las pilatunas adolescentes en los paseos de colegio, la intensidad hormonal en los viajes de graduación o, la más plena de todas, la luna de miel.

 

Hasta los congresos y convenciones son motivo para imprimir “algo más” al trabajo cotidiano, una dosis de alegría, entusiasmo, relax y entretenimiento, todo orientado a combatir algunos de los síntomas de la cotidianidad, entre ellos el estrés.

 

En el ámbito psicológico, el turismo se puede definir como una compensación de lo que se carece en la rigurosa cotidianidad del trabajo. Es decir, individualmente es una suerte de grito de libertad e independencia, una actividad que genera una verdadera sensación de felicidad. A su vez, sociológicamente, es una terapia de la sociedad cuya práctica redunda luego en la productividad.

 

Bajo esos paradigmas se hace indispensable que la experiencia de viajar y descansar sea muy satisfactoria. Los agentes del turismo saben que para garantizar que esta fuente redunde y no se seque deben ser identificados plenamente tanto los elementos que conspiran contra ella como los que permiten su generosa multiplicación.

 

El diseño y desarrollo de estrategias que buscan facilitar el tránsito de la felicidad por los caminos del turismo consideran que en todos los recorridos se van atesorando satisfacciones que el turista acumula como recuerdos felices, de los que echará mano cuando vuelva a programar vacaciones y lo convierte en una pieza positiva del “voz a voz”, la más efectiva táctica de mercadeo, que se ha vuelto exponencial gracias a las redes sociales.

 

El proceso de compra de un producto turístico depende prácticamente en exclusiva del propio turista, pero todas las fases posteriores presentan variables que dejan fuera su unilateralidad, porque en ellas entran de lleno los responsables de la gestión turística. 

 

La seguridad esperada por un turista en el destino, por ejemplo, pasa por medidas tangibles y a la vez también por aquellas intangibles que logran atajar sus percepciones de riesgo, porque cuanto menor sea éste en la realidad y en el imaginario se cosecharán más probabilidades de felicidad.

 

Pero la infelicidad acecha y sale, literalmente, cara. A la hora de los recuentos, y considerando la máxima que se sintetiza en que “para brindar felicidad primero hay que tenerla”, los protagonistas de la gestión turística serán los responsables –lo quieran o no- de que las diferentes dosis de felicidad se acumulen o dejen de acumularse en el turista.

 

Las acciones adoptadas por los destinos, por los prestadores de servicios, para propiciar las condiciones de bienestar y tranquilidad serán determinantes para evitar la expansión del turismo depredador y sus efectos devastadores en la biodiversidad cultural y social.

 

En la larga cadena del turismo existen eslabones firmes y resistentes y otros débiles y quebradizos. La felicidad transita por todos ellos, a veces mostrándose y otras ocultándose del todo, porque no siempre hace el recorrido en solitario…El turista ansía, consciente o inconscientemente, ser abordado por ella incluso cuando todo parece anunciar que es imposible que aparezca.

 

No hay mejor actitud que la de un turista en procura de tranquilidad y bienestar. Sobre esa premisa debemos construir el turismo del futuro. Como decía el primer eslogan que promocionó el turismo colombiano en la década de los setenta: turista satisfecho trae más turistas.

 

 

Publicada en El Informador, Santa Marta

 

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